jueves, 6 de noviembre de 2014

“RETAZOS”

Por Andrés Beltrán




 Katzura o “katzura-man” es una leyenda urbana que nació hace unos 30 años en una ciudad del norte Japón. Hoy en día es muy popular entre los jóvenes de Asia y América y también hay foros de Internet dedicados a crear y compartir obras de ficción basadas e inspiradas en la leyenda. En la historia, una niña de 14 años es acosada por sus compañeras de colegio porque su uniforme es remendado ya que su familia es muy pobre. Día tras día sufre en silencio las burlas y humillaciones por parte del mismo grupo de cuatro chicas adineradas, pero sobrelleva su vida con la alegría que le da su vida en familia. Su madre muere unos años antes de los incidentes de la historia por lo que ella es responsable de hacer el rol de madre de sus dos hermanos menores mientras su padre toma trabajos temporales en un pueblo pesquero fuera de la ciudad, de hecho el padre, el único personaje de la leyenda que tiene nombre que es conocido como Otomo o el señor Otomo, era más fuerte y grande que un toro y tendría trabajo fijo en cualquier barco que el quisiese de no ser por su carácter antisocial y la reputación de violento. Solo con sus hijos se permitía sonreír y solo ellos lo han escuchado decir más de dos palabras sin resoplar o maldecir. Algo que nunca cambia en las muchas variaciones de la historia es el personaje del padre, siempre descrito como un hombre corpulento, mal encarado pero tierno y amoroso como sus hijos.

La leyenda, supuestamente basada en hechos reales, dice que en el último día de clases del año la niña fue víctima de una terrible broma, cuando toda la clase estaba en la piscina de natación, las cuatro chicas que siempre la acosaron la tomaron a la fuerza y le afeitaron la cabeza en los casilleros. Al no tener nada con que cubrirse y no tener amigos con quien contar, se vio obligada a caminar así hasta su casa tratando de taparse la cabeza con su pequeña mochila. Camino entre sollozos ignorando burlas y risas.

Su padre regresaba de la faena de pesca tarde en la noche cuando vio las luces de la patrulla, los metros que le faltaban los corrió como nunca había corrido hasta que la mano de un policía fornido le impidió ingresar a su casa –no, por favor no entre, el lugar es un desastre…sus… sus dos hijos varones están bien – están hablando con una especialista en este momento, pero su hija…lo siento pero cometió suicidio… eh…parece que uso un cuchillo de cocina sin afilar… se hizo varios cortes en las muñecas y el estómago… siento decirle esto pero… no murió rápidamente-.

El oficial le prometió que limpiarían la escena del suicidio de todo vestigio de sangre y le regalo algo de dinero para que duerma con los niños en un hotel, Otomo recibió el dinero sin darse cuenta, sentía todo su cuerpo frió y ligero como en si estuviera en el mar y no escuchaba pero asentía con la cabeza todo lo que le decían los investigadores. Antes de despedirse el primer oficial que hablo con el le dio la libreta donde se presume estaba la nota de despedida de su hija. No había tal nota en la libreta, solo cuatro nombres que había escrito una y otra vez, llenando las hojas, en cada página la escritura era más y más frenética hasta deformarse en garabatos ilegibles.


Del padre, no se supo más después de esa noche, pero en los años posteriores las cuatro acosadoras de la joven suicida recibieron innumerables amenazas anónimas por correo y por teléfono, presuntamente de habitantes de su ciudad natal horrorizados por el suicidio de la joven. Esto obligó al pequeño grupo a separarse y a mudarse a distintas ciudades del país, dos de ellas incluso se cambiaron el nombre. Las tres primeras mujeres murieron en sus hogares en formas que parecerían brutales casos de violencia domestica con tremendos golpes, brazos piernas y costillas rotas, homicidios terribles, pero nada inusuales de no ser por el hecho de que les faltaba el cuero cabelludo de raíz y no se encontraron marcas de navajas en los cuerpos, como si simplemente les hubiesen arrancado el cuero cabelludo de un tirón.

La policía y los medios no relacionaron los tres casos pues dos de estas mujeres se habían cambiado de nombre, además de que las muertes pasaban como casos de común violencia de género, nada inusual en esa época en Japón. Solo para la última mujer del grupo la conexión de las muertes era aparente, y utilizo los recursos de su familia para desaparecer por completo. Nuevo nombre, nueva ciudad, viviendo enclaustrada en una casa en una villa rural en un pequeño pueblo donde cualquier desconocido llamaría la atención de todos inmediatamente.

Pero todo esto de nada le sirvió, meses después de haberse mudado su cadáver se encontró una lluviosa noche en un camino próximo al pueblo, igual que las otras con tremendos golpes que parecerían hechos con puños pues no tenían marcas de objetos contundentes y al igual que las demás sin su cuero cabelludo aparentemente arrancado de raíz. Con esta última de las mujeres en morir si hubo un testigo que, a pesar de la fuerte lluvia, vio claramente desde su ventana como la joven corría y gritaba por la calle mientras era seguida por un hombre al que describió detalladamente :alto, fornido y vestido de jeans azules y abrigo negro , en su rostro una máscara  color marrón hecha del material de los sacos de papas con solo dos  orificios para los ojos y lo más importante, la característica que hizo famoso a este caso, el gigante usaba una peluca hecha de distintos tipos de cabello de mujer, como si fuera hecha de retazos.

  

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